ESCUCHAR, VER, LEER: Richter

La música va directa del oído al corazón


La música va directa del oído al corazón. Al que la escribe, le sirve para comunicar sus sentimientos más profundos y al que la escucha, además de recibir su mensaje, también le permite comunicarse consigo mismo viajando a su interior. Este original viaje al conocimiento de uno mismo es el más apasionante que existe y no tiene fin. El efecto de la música sobre las emociones es inmediato y cuando logra conmovernos en lo más hondo nos transporta en un instante a la reflexión y se aloja en nuestra memoria para siempre. Conmovernos significa también percibir la belleza y la belleza siempre nos comunica con lo trascendente. Todos tenemos la capacidad de sentir con la música, de compartir con ella nuestras alegrías, miedos y frustraciones. Es injusto, por lo tanto, que no llegue a todo el mundo. La música permite que juntos, compartiendo espacio y tiempo durante un concierto o una reunión de amigos, disfrutemos de los mismos sentimientos y emociones. Disfrutar unidos estimula la amistad y el entendimiento y favorece la reflexión compartida. También, todas y cada una de estas sensaciones positivas están presentes cuando escuchamos la misma obra en soledad. De una u otra forma, siempre salimos ganando.


Casi toda la obra de Bach (1685-1750) tiene una fuerte connotación religiosa muy propia de los creadores de la época, pero especialmente acentuada en su figura por lo arraigado de sus convicciones. Al margen de todo esto, su música está llena de sentimientos y serenidad de espíritu. También de una enorme expresividad. Cuando hoy escuchamos sus composiciones, con todas sus notas, su ritmo y su tiempo, podemos compartir sus sentimientos y experimentar en nosotros mismos una catarsis espiritual similar. Pero también es cierto que, extrayendo de cada obra su contexto religioso, podemos crear con ella sentimientos nuevos y disfrutar de otra experiencia espiritual igual de trascendente. Su música hipnotiza, pero esta hipnosis musical la dirigimos en el interior de nuestra mente allí a donde queremos ir, a los recuerdos que deseamos que reaparezcan, a las emociones que nos enriquecen la vida y a la reflexión. En definitiva, a un bienestar y un placer que estimula nuestro pensamiento y que, por lo tanto, nos permite crecer como individuos.


En este vídeo, la música de Richter sirve de banda sonora a diferentes imágenes de fotógrafos clásicos como Henri Cartier-Bresson o Robert Doisneau y de alguno contemporáneo menos conocido como Alan Schaller. Con cada frase de esta obra tan emotiva, la música contribuye en nosotros a que le demos un significado subjetivo a las fotografías que van apareciendo sucesivamente desconociendo las circunstancias y motivaciones que han llevado al autor a disparar su cámara en cada momento. Si prescindimos de estas fotografías y disfrutamos de esta obra en soledad, mientras paseamos o, simplemente, con los ojos cerrados en algún lugar que favorezca nuestra intimidad, seremos nosotros los que pondremos nuevas imágenes llenas de sentimientos y emociones a lo que a través del sonido se introduce en el corazón y de ahí viaja a lo más profundo de nuestra alma. Es algo fascinante que el arte más abstracto que existe alcance semejantes metas.


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