Sobre la música y los músicos
Jean-Baptiste Lully
(1632-1687)

Jean-Baptiste Lully nació en Florencia con el nombre de Giovanni Battista. A los 14 años viajó a París donde adaptó su nombre al francés.

Quiso por la tanto la ironía que fuese un italiano el fundador de la ópera francesa y una ironía si cabe aún mayor quiso que fuese también el creador del himno de Inglaterra. Para explicar el origen de este conocido himno hay que remontarse hasta la corte del rey francés Luis XIV y a su famosa fístula anal. Siendo Lully protegido del citado monarca, éste fue sometido a una intervención quirúrgica para curar esta incómoda dolencia. Una vez operado con éxito, Jean-Baptiste compuso en su honor la canción “Grand Dieu save le Roi” que fue transformada por Handel tras escucharla en Francia en el conocido “God save The King”, finalmente himno del Imperio Británico.  También fue Lully el inventor de la batuta y también una ironía del destino quiso que fuese este invento el que lo llevase a la tumba.

 

Su rigor como director de orquesta y ópera le hicieron exigir de los músicos una perfección digna de su puesto. Para lograr este propósito había incluido entre sus métodos romper los violines en las cabezas de los músicos que desafinaban o tocaban fuera de tiempo. Este rigor profesional no le impedía compatibilizarlo con una vida disoluta y rebosante de placeres.

 

En sus representaciones utilizaba un bastón, en francés “bâton” y finalmente la batuta, para marcar el tiempo. Dirigiendo la orquesta se golpeó el dedo pulgar de un pie con su bastón. El hinchazón que se produjo dio paso a una gangrena que en un par de días lo llevó a la tumba. El sacerdote que le suministró la extremaunción le exigió que quemase su última obra por considerarla inmoral. Lully accedió, pero con una seña le indicó a su esposa donde había guardado una copia. Era su obra Aquiles y Polixéne. 

Ignacy  Jan Paderewsky
(1860-1941)

La Tierra nunca fue el centro del Universo, pero durante muchos años así lo creímos, lo defendimos y llegamos a matar por ello. Todos formamos parte de algo y somos el centro de nada, sin embargo, en ocasiones, aparecen personajes que sin serlo logran convertirse en el centro de todo.

 

Su gran cabellera desordenada y romántica, su presencia y magnetismo, su aire poético y el aura de misterio que le rodeaba, su atmósfera perenne de melancolía, su elegancia y virtuosismo, Paderewsky representaba el ideal de pianista para la mayor parte del mundo.

 

 El compositor y pianista nacido en Polonia y discípulo de Czerny ganó una enorme fortuna como concertista. Tenía una casa en París, otra en California y un castillo en Suiza. También tenía gustos muy costosos, por lo que necesitaba ganar mucho dinero para mantenerlos. Quizá fuese esta necesidad la razón por la que él permitía que su leyenda no dejase de crecer y crecer. Tenía un impacto en las mujeres equiparable al de Liszt. Éstas acudían en tropel a sus conciertos para venerar aquellas manos que se deslizaban sobre las teclas. Histeria femenina, lágrimas y gritos, flores y regalos o deseos de las jóvenes de tener un hijo con él eran las consecuencias inmediatas al verlo tocar.

 

Paderewsky era un gran pianista, pero no era el mejor. Sin embargo tenía el corazón de un gigante y, gracias a ello, podía tocar el corazón del  público que lo escuchaba.

Giuseppe
Verdi
(1813-1901)

En abril de 1840, el hijo pequeño de Verdi, que apenas tenía dos años, enfermó de un mal del que los médicos no pudieron curarle y murió en los brazos de su madre que cayó en una profunda desesperación. Días después, fue su hija de tres años la que enfermó del mismo mal muriendo también sin haber conocido siquiera la juventud. Al mes siguiente, su esposa fue atacada por una aguda fiebre cerebral y el 19 de junio de 1840 un tercer ataúd salió de la humilde casa del compositor. Verdi debía entregar ese mismo mes a Bartolomeo Morelli, empresario de La Scala de Milán, una primera ópera para ser representada. El estreno fue un absoluto fracaso.

Desolado, sin dinero y a punto de acabar con su propia vida, una noche fue abordado por Morelli, que sabiendo del genio que latía en su corazón, le entregó un libreto para que siguiera trabajando. Verdi cogió el manuscrito con la intención de devolvérselo al día siguiente. Al llegar a casa lo arrojó sobre su mesa cayendo una página a sus pies. Giuseppe se estremeció con lo que allí estaba escrito. A los tres meses, el compositor puso la última nota sobre la partitura de su ópera Nabucco. La noche del estreno, el público, emocionado, cantaba las estrofas del famoso coro de los hebreos  que comienza con el texto que tanto había impactado a Verdi. El éxito fue tal que la gente la coreaba al salir y gritaba por las calles y los cafés: ¡Viva Verdi!

De toda la obra de Verdi, hay quienes prefieren una u otra ópera. Pero para él, su obra favorita era la casa de reposo para músicos pobres y enfermos que mandó construir en Milán en 1896.

En 1901, en sus últimos días, los cocheros que debían pasar por su domicilio, hicieron tapizar las calles con paja para amortiguar el ruido y le pedían silencio a sus pasajeros diciendo: el maestro está muriendo.

Claude
Debussy
(1862-1918)

Debussy viajó de París a San Petersburgo contratado por la acaudalada Nadia von Meck, dueña de todos los ferrocarriles de Rusia, para que pudiese disfrutar en su residencia  de un pianista que interpretase la música de Chaikovsky, su protegido. Estuvo un tiempo a su servicio pero fue despedido y tuvo que hacer las maletas tras enamorarse de Sonia, una de las hijas de la señora von Meck.

 

En 1894, Debussy abrió el camino a la música del siglo XX con su composición Preludio a la siesta de un fauno , una obra que unos pocos años más tarde sería objeto de escándalo cuándo Vaslav Nijinsky tuvo la ocurrencia de bailarla casi desnudo.

 

Claude Debussy era de pocos amigos, huraño y solitario, de frente prominente y  cabeza plana que trataba en vano de ocultar con un peinado que le daba forma de sartén. Era sensualista, sibarita e irónico y el poco dinero que ganaba se lo gastaba sólo en él.

 

Durante diez años vivió en una buhardilla de Montmartre con Gabrielle Dupont quién lo mantuvo y lo cuidó esperando que se casase con ella. Claude la abandonó para casarse con Rosalie Texier y Gabrielle, con el disgusto, se pegó un tiro del que logró sobrevivir.  Debussy, tras un periodo de romance con Rosalie, también la abandonó para casarse con Emma Martell, una rica viuda que finalmente le podía garantizar una vida cómoda. Rosalie Texier, tras este desengaño amoroso,  también se pegó un tiro y también logró sobrevivir.  

 

En 1918, pocos meses antes de que finalizase la primera guerra mundial, cuando Debussy  tenía 56 años y libraba la batalla final de su vida contra el cáncer, fue víctima de un bombardeo alemán sobre París del que no logró sobrevivir.

Giacomo
Puccini
(1858-1924)

En su época de estudiante, Puccini compartió la vida difícil de los que no tienen nada más que sus sueños para alimentarse con el también compositor Pietro Mascagni , autor de la célebre ópera Cavallería rusticana, en una buhardilla de los suburbios de Roma. Comían a crédito en una fonda y se cubrían las espaldas de sus acreedores mutuamente. En una ocasión, Puccini empeñó su abrigo para llevar a cenar a una joven bailarina de la que estaba enamorado. Una novela de Henri Murger titulada Escenas de la vida bohemia fascinó a Giacomo por la similitud con su propia experiencia en esos años de juventud.

 

Hay una ópera que siempre llena los teatros cuando se representa. No es la más larga, ni la más corta, ni la más espectacular, pero es la que más atrae a los espectadores. Esta obra es La Bohème, la adaptación que hizo Puccini del libro de Murger.

 

Puccini se casó con Elvira Gemignani que había abandonado a su marido para seguir al compositor en sus giras, pero los celos de ella amargaron el matrimonio. En las afueras de Florencia había un pequeño albergue donde servía una muchacha de nombre Doria Manfredi. Elvira estaba convencida de que su marido y la joven disfrutaban de un tórrido romance e inmediatamente hizo pública su sospecha, amenazándola con hacerla encarcelar por adulterio. La pobre Doria bebió un poderoso veneno que acabó con su vida. La autopsia que se le practicó al cuerpo reveló que la muchacha era virgen lo que demostró la infamia de Elvira. Puccini decidió no volver a tocar a su esposa jamás.

 

La historia de Giacomo Puccini y su matrimonio con Elvira Gemignani podría ser un buen argumento para una ópera.

Franz
Liszt
(1811-1886)

Franz Liszt es considerado por muchos como el pianista más grande de todos los tiempos.

 

Con doce años salió de su Hungría natal con la intención de ingresar en el Conservatorio de París, pero fue rechazada su solicitud por ser extranjero. Por esas fechas, Beethoven asistió a un concierto donde tocaba el pequeño Franz. Al terminar, el genio de Bonn subió al estrado y le besó las dos manos, darás alegría y felicidad a mucha gente, le dijo.

 

Siendo joven, Liszt quedó fascinado por el virtuosismo del violinista Niccoló Paganini y se propuso aplicar esa técnica prodigiosa a su instrumento. Con el tiempo logró igualar las demoniacas facultades que se le atribuían a Paganini y, en sus conciertos, la enorme dificultad de su interpretación al piano hacía estremecer al público que, embelesado, escuchaba apasionado sus recitales. Consiguió dominar todos los resortes del piano y convertirse en un virtuoso excepcional y único, con una rapidez y agilidad que deslumbraba.

 

Liszt llegó a ser ególatra y vanidoso, pues era adulado por todos y asediado por las mujeres que enloquecían ante su presencia arrojándole prendas íntimas al escenario o rasgando el tapiz del asiento de donde acababa de levantarse. Destrozaba los corazones de sus admiradoras. La condesa María d’Agoult abandonó a su marido para seguirlo en sus giras. Tuvo tres hijos con ella de los que fallecieron dos. La tercera, Cosima, terminaría siendo la esposa y musa principal de Wagner.

 

Cuando el joven Edvard Grieg le visitó en Weimar, llevaba consigo su excelente concierto para piano y orquesta pero, ante su presencia, los nervios lo atenazaron y se sintió incapaz de sentarse al piano. Liszt le quitó la partitura y tocó a primera vista el concierto completo. Grieg se quedó paralizado.

 

A Liszt le preguntaban por qué no escribía su autobiografía y él siempre respondía riendo: “Me basta con haberla vivido”.

Antonio
Vivaldi
(1678-1741)

En la Venecia del siglo XVII, en la de Casanova y en la del carnaval, toda la ciudad era una fiesta. Las costumbres morales no eran precisamente las más estrictas de Europa.

 

 Las monjas del convento de San Lorenzo eran famosas por su coro, que veía crecer su prestigio día a día y eran solicitadas con frecuencia para cantar en otras iglesias. Pero no sólo eran célebres por sus dotes musicales. En la misa dominical acompañaban sus bellas y armoniosas voces con un atuendo poco ortodoxo, se vestían de blanco y con una tela transparente alrededor del cuello y los pechos. Según testigos incrédulos, las monjas parecían ir desnudas. Los rumores mencionan también a un sacerdote pelirrojo de un convento vecino que todas las noches saltaba la cerca para llevar a cabo unas orgías difíciles de describir. Era un sacerdote y maestro de música con una naturaleza fuerte pero con una  reducida capacidad para dominar sus instintos básicos. Se dice que el coro, gracias a él, obtuvo unas cotas de perfección muy difíciles de igualar.

 

Antonio Vivaldi tenía el cabello del mismo color que sus pasiones, fuego intenso. Además de clérigo y maestro de música, fue un compositor incansable, ya que dejó escritas, al menos,  760 obras. En 1723, el convento de La Pieta le encomendó la tarea de escribir dos obras cada mes durante los siguientes seis años. Vivaldi entregó 140 conciertos.

 

En 1737, a los 59 años, siendo sacerdote practicante y viviendo con su amante recibió una comunicación del nuncio papal en la que se le informaba que, por culpa de su conducta, debía abandonar Venecia para siempre. Salió rumbo a Viena en compañía de dos hermanas con la intención de vivir juntos en un perfecto menage à trois.

Niccoló
Paganini
(1782-1840)

El gran violinista italiano estuvo a punto de ser enterrado vivo siendo niño cuando le dieron por muerto al sufrir un ataque de sarampión, pero, afortunadamente, se dieron cuenta a tiempo. Con cincuenta y ocho años y en su lecho de muerte, Paganini acariciaba el estuche de piel que contenía su célebre violín, regalo de un rico comerciante que cayó cautivado tras oírlo tocar sobre un escenario. Este violín fue fabricado en Cremona por Giuseppe Guarnerius y hoy en día se conserva intacto en el interior de una vitrina de cristal en Génova. Se le conoce como “La Viuda” y representa una obra maestra de la laudería.

 

El gran compositor Gioacchino Rossini decía que sólo había llorado tres veces en su vida: la primera cuando besó por primera vez a su novia, la segunda cuando en una barca se le cayó al agua el pavo trufado que esperaba devorar en el almuerzo, y la tercera cuando escuchó a Paganini tocar su concierto para violín y orquesta.

 

Paganini era adicto al juego. Era tal su pasión por las cartas y la ruleta que abrió un casino en París. Perdió una fortuna en la aventura y esto le curó de la adicción.

 

Avaro y jugador empedernido dejó una fortuna a su hijo. No obstante, Berlioz relata el siguiente pasaje ocurrido durante el estreno de su fantasía para violín y orquesta: “Cuándo terminó el concierto, Paganini, seguido por su hijo Aquiles, subió al escenario gesticulando violentamente. Ya había perdido completamente la voz,  por lo que su hijo me hizo de intérprete: Mi padre desea asegurarle que nunca en su vida estuvo más impresionado por un concierto. Dicho lo cual, Paganini cayó de rodillas y me besó la mano.  Al día siguiente, recibí un cheque por una cantidad suficiente para vivir muchos años”. 

 

Niccoló Paganini, conocido como “El Diablo” por su forma sobrenatural de tocar el violín no estaba tan endemoniado.

Farinelli
(1705-1782)

En 1737, el rey de España, Felipe V, estaba inmerso en una profunda depresión, no gobernaba, no se bañaba ni afeitaba y su atuendo estaba siempre descuidado. La reina, que sabía del gusto del rey por la música, ideó un plan para interesarlo en algo. Ese año, un cantante arrasaba en Europa, enloquecía al público y miles de personas lo escuchaban extasiados. La reina organizó una velada con este cantante en un salón adjunto al apartamento real. La música comenzó y Farinelli cantó una de sus mejores melodías. Al terminar, el rey, tras bañarse y vestirse de forma adecuada,  mandó llamar a aquel que cantaba de semejante forma. A partir de ese día, el monarca volvió a gobernar y Farinelli, merced a un generoso estipendio, cantó todas las noches la misma canción durante veinticinco años.

 

Carlos Broschi, más conocido como “Farinelli”, era un castrati. Cuando apenas tenía doce o trece años, le habían cercenado parte de sus órganos reproductivos para lograr que como adulto su voz no fuese ni de hombre ni de mujer, sino de una excepcional dulzura que pudiese cautivar a los oyentes.

 

 Como contrapartida a esta amputación ordenada por los padres sin permiso de los chiquillos, los “castrati” pertenecían a una casta superior y los  compositores se peleaban por escribir sus óperas para ellos. La dinastía de los “castrati” se extinguió con Alexandro Moreschi en la primera mitad del siglo XX. Moreschi llegó a grabar algunos discos en la década de los veinte. El sonido de esos discos estremece a quien lo escucha.

Piotr Ílich Chaikovsky
(1840-1893)

Chaikovsky afirmó que toda su vida había constituido una sucesión de infortunios debido a su sexualidad. Su homosexualidad “domesticada” en una Rusia zarista que podía castigarle con la humillación pública y la deportación a Siberia, la muerte de su madre, a la que estaba muy apegado, cuando todavía era un niño de 14 años clausurando su adolescencia al encararle con la certeza de la muerte, sus estudios en la Escuela de Jurisprudencia obligado por un padre muy riguroso, un matrimonio fallido que apenas duró tres meses, la desconfianza en su capacidad artística, el desasosiego y la incertidumbre permanente condicionaron su música intimista.

 

Durante una travesía por el mar Negro, Chaikovsky cayó cautivo de los encantos del joven Alexandr Vladimítovich a quién cortejó sin disimulo. El joven era sobrino del conde Stenbock-Fermor que se enteró de lo sucedido en el barco. Este escribió una carta al zar Alejandro III acusando al compositor de sodomía y perversiones sexuales. La misiva fue entregada a Nikolai Jacobi, secretario del soberano y discípulo de Chaikovsky en la Escuela de Jurisprudencia. Jacobi, antes de entregar la carta y desencadenar la deshonra de esta institución, convocó un “tribunal de honor” formado por ocho ex alumnos de la escuela en presencia del propio inculpado. Chaikovsky aceptó angustiado el veredicto: la única solución era que se suicidase evitando de esta forma una futura reincidencia. Una vez en casa se envenenó con arsénico. Dos días después, la prensa divulgó la noticia de que el gran Chaikovsky había fallecido víctima del cólera paralizando el rumbo de la carta. Se organizó un pomposo funeral y el cuerpo del compositor fue enterrado en San Petersburgo acompañado por una multitud de admiradores.

Johannes Brahms
(Y Robert y Clara Schumann)

Brahms nació en Hamburgo en 1833. De su primera sinfonía alguien dijo que era la décima de Beethoven, dando a entender que por fin se había llenado el vacío que había dejado el inmortal compositor de Bonn.

 

Johannes Brahms fue hijo de un contrabajista que tocaba en una pequeña orquesta de un teatro local. A los siete años comenzó sus estudios de piano. Con el tiempo adquirió la capacidad de tocar a primera vista casi cualquier partitura descifrándola al instante. A los quince años lo contrataron como pianista en un burdel. La compañía femenina que encontró en este sitio le acompañó, durante toda su vida. Uno de sus profesores de música lo introdujo en el grupo de Robert Schumann. Al conocer al gran compositor romántico, encontró también a quien sería su amor imposible: Clara Wieck, la esposa de Schumann y una de las grandes pianistas de su tiempo, con la que estableció una larga y profunda relación artística e intelectual con tintes amorosos. No hay duda, estuvo profundamente enamorado de ella.

 

Brahms se mantuvo soltero toda su vida. Pensaba que las cadenas del matrimonio eran tan pesadas que no eran suficientes dos personas para llevarlas. A punto estuvo de casarse con la cantante Agathe von Siebold, pero consideró prudente retirarse a tiempo de esta aventura tan “peligrosa”.

 

En una cena en su honor, el violinista Joseph Joachim propuso un brindis a la salud del más grande compositor. Brahms, con la humildad de los inteligentes, se levantó de inmediato y con la copa en la mano gritó: “Viva Mozart”.

 

Murió en 1897  a los 64 años, todavía soltero y aún enamorado de Clara Wieck, fallecida un año antes.

Robert
y Clara Schumann
(Y... Brahms)

Robert Schumann nació en 1810 y murió en 1856 a los 46 años. Desde muy joven padeció graves episodios depresivos alternados con periodos de mayor tranquilidad. Quería tocar el piano como Liszt pero forzó tanto su mano derecha que terminó por inutilizarla para el virtuosismo, decidiendo entonces concentrarse obsesivamente en la composición. Se casó con Clara Wieck, hija de su profesor de piano, al que tuvieron que llevar ante los tribunales para que finalmente autorizase el matrimonio. Clara Wieck, ocho años más joven que Schumann,  se convirtió en una de las mejores pianistas de su tiempo.

 

Un día, el joven Brahms se presentó en la residencia de los Schumann con una carta de recomendación de su profesor bajo el brazo. Con el tiempo, se forjó entre los tres un vínculo emocional muy estrecho, acrecentado por la atracción que Clara Schumann ejercía sobre Brahms. Pero la enfermedad mental de Schumann se agravó notablemente,  depresión, angustia, miedo y pesadillas fueron constantes hasta el final de su vida. Durante una reunión con amigos en casa de los Schumann,  el compositor decidió ausentarse por sorpresa en medio de la conversación para arrojarse a las aguas heladas del Rin. Fue rescatado por unos campesinos e ingresado para siempre en un sanatorio mental. Brahms lo visitó poco antes de su muerte quedándose desolado por lo terrible de su aspecto. Un día, apareció muerto como consecuencia de una parálisis, aunque, en realidad, fue una dolorosa melancolía la causa última de su fallecimiento. Los efectos de su enfermedad se extendieron de forma desgarradora sobre Clara Wieck y Brahms, su heredero musical.

 

Robert Schumann fue un genio del Romanticismo y el romanticismo invadió su vida. Conoció a Clara Wieck, una intérprete excepcional que permaneció siempre a su lado. La obra de Schumann que hoy disfrutamos tan intensamente es responsabilidad de ambos.

Louis Moreau Gottschalk
(1829-1869)

Gottschalk pudo haber sido un gran compositor si la muerte no lo hubiera sorprendido a los 39 años. Nació en Nueva Orleans en 1829.  Desde niño aprendió con enorme facilidad la técnica del piano y la composición. A los 13 años partió a Francia porque en Nueva Orleans ya no tenían nada que enseñarle, pero lo rechazaron en el Conservatorio de París debido a su nacionalidad, les parecía inconcebible que un “nativo” se atreviera a creer que podía ser compositor como ellos. Sin embargo, su talento convirtió a Louis en un pianista superior admirado por grandes compositores como Chopin o Liszt.

 

Era un joven de porte aristocrático, ojos soñadores, cabello ondulado, un bigote bien cuidado, elegante y conquistador. Fueron conocidos sus escarceos amorosos y más de una vez tuvo que salir huyendo de alguna ciudad para evitar el encuentro con maridos ofendidos y poco comprensivos. En Europa, sus conciertos de piano, por la frescura de sus melodías y su evidente virtuosismo, arrastraban multitudes, mayoritariamente femeninas.

 

En un concierto en Río de Janeiro, después de agradecer la ovación del público, se sentó al piano e interpretó como bis una obra titulada “Muerte”. Algunas damas lloraban emocionadas y buscaban insistentes su mirada. Cuando tocó el último acorde que se perdía en el infinito, su cabeza se inclinó lentamente sobre las teclas y el piano se fue callando poco a poco. Los aplausos tronaron en las galerías ante el disgusto de algún que otro caballero que pensaba que aquello era un recurso teatral innecesario. No lo era, Gottschalk se acabada de morir ante el inminente estupor de los asistentes. Y lo dicho, tenía tan sólo 39 años y todo por delante.

Ludwig
van Beethoven
(1770-1827)

Sin esfuerzo, para muy poco sirve el talento.

El poeta Daniel Atterbom nos relata el siguiente pasaje en una visita a casa de Beethoven:

 

“Fuimos una tarde a Alsevorstadt y subimos al segundo piso donde vivía. Llamamos a la puerta sin recibir respuesta. Abrimos el picaporte y comprobamos que la puerta estaba abierta y la antesala vacía. Tocamos en la puerta de la habitación de Beethoven y, al no recibir señal alguna, tocamos más fuerte. Aunque escuchábamos que alguien estaba dentro, nadie respondía. Entramos y ¡qué escena presenciamos!: la pared de enfrente estaba llena de grandes hojas de papel cubiertas con marcas de carbón. Beethoven estaba parado cara a ella, dándonos la espalda. Agobiado por el excesivo calor, se había desvestido, quedándose sólo con una camisa ligera, absorto, escribiendo notas en la pared. Con un lápiz, marcaba el tiempo y tocaba unos cuantos acordes en su piano sin cuerdas (ya estaba sordo y no oía nada, así que, para no molestar a los vecinos, le había quitado el sonido).  Ni una sola vez se volvió hacia la puerta. Nos miramos con una perplejidad divertida. No tenía sentido requerir la atención del maestro haciéndonos presentes. Lo estuvimos observando mudos de emoción presenciando, quizás, el más alto vuelo de un genio. Hemos visto a Beethonven crear, vayámonos sin que se dé cuenta”.

Camille
Saint-Saëns
(1835-1921)

La curiosidad es el mejor antídoto

contra el aburrimiento.

Se dice que el cociente intelectual de Camille Saint-Saëns era tan alto que casi no había forma de medirlo porque superaba cualquier barrera. A los dos años tocaba al piano algunas melodías que escuchaba en la calle. Tenía oído absoluto, un don que muy pocas personas poseen y que les permite identificar los sonidos de forma clara e inconfundible. Podía leer y escribir música a los tres años. A esa edad compuso su primera obra. A los cinco años ingresa en el Conservatorio de París y comienza sus estudios analizando la ópera Don Giovanni de Mozart. A los siete años se interesa por la botánica y estudia latín. Hace su debut a los diez años en un recital de piano y al terminar se para ante el público y ofrece tocar cualquiera de las sonatas para piano de Beethoven, a elección de los asistentes. Se sabía de memoria las treinta y dos sonatas y estaba preparado para tocarlas sin partitura. Su fama llegó a todo el mundo. Todo era para él digno de estudio, la filosofía o la astronomía, la botánica o la medicina, la arqueología o la poesía.

 

Saint-Saëns se casó con una joven y hermosa mujer, tuvieron dos hijos y los dos hijos se murieron en circunstancias trágicas siendo niños. Uno de ellos cayó por una ventana a los dos años y medio. La madre, desconsolada, desatendió la alimentación del otro y éste falleció por una pulmonía cuándo tenía seis meses de edad. A raíz de esta tragedia, el matrimonio terminó divorciándose y jamás volvieron a verse.

 

 Anticipándose a Sartre o Camus, Saint-Saëns escribió un tratado de filosofía donde abogaba por un pesimismo existencial: “El arte y la ciencia tomarán el lugar de la religión”, dejó escrito.

 

Camille Saint-Saëns murió en Argelia en 1921, dónde pasaba varios meses al año buscando el anonimato, a los 86 años

Frédéric
Chopin
(1810 - 1849)

La grandeza sólo pertenece

a quien rechaza esa posición.

El mismo Chopin llegó a comentar en alguna ocasión que él no era más que un pobre aprendiz de piano en comparación con los grandes pianistas de su tiempo como Hummel o Kalkbremer. Y esto a pesar de que cuándo se graduó en el conservatorio de Varsovia, en el informe final había una nota de los maestros que decía: “¡Un genio!”.

 

Chopin fue un extraordinario ejecutante de piano y como compositor sus obras abarcan casi todas las posibilidades que este instrumento es capaz de ofrecer.

 

Al final de su corta existencia  se encontraba extremadamente débil. Sin embargo, a quien le preguntaba sobre su salud, él siempre respondía: “¡Nunca me sentí mejor!”. Poco antes de morir, pidió a sus amigos que tocaran algo para él mientras abandonaba este mundo. Cuándo se dispusieron a tocar algo suyo, él replicó: “Oh, no, nada mío, toquen realmente música buena: Mozart, por ejemplo”. Sin embargo, su amigo Franz Liszt se sentó al piano y lo despidió con su Preludio en mi menor. La sencillez y melancolía de sus propias notas lo acompañaron en el último momento.  

James
Rhodes
(1975)

Cómo vivir apasionadamente

La música clásica es un lenguaje que debe estar al alcance de todos. Gould, Sokolov o Brendel nos impresionan con sus interpretaciones de piano. James Rhodes, son su piano y sus palabras durante los conciertos, consigue abrir el apetito por la música clásica. Quizás no pueda tocar nunca con la técnica de Gould, Sokolov o Brendel, pero con su actitud sobre el escenario y su capacidad para interactuar con el público, demuestra que la técnica no lo es todo y logra que convirtamos la música clásica en una pasión, en una adicción que sólo tiene efectos secundarios positivos. Si la música clásica ha salvado su vida, es que la música clásica puede salvar vidas.

Fine
and Mellow
(1957)

Lester Young se hallaba tan débil que en los ensayos había renunciado a ejecutar los solos que se le habían adjudicado. Además no se hablaba con Billie Holiday desde tiempo atrás. Pero en el momento de la verdad, cuándo Billie empezó a cantar Fine and Mellow con una fuerza y un lirismo sorprendentes en aquella última fase de su vida, Lester pareció despertar de su dramático letargo y, llegando el turno de su solo, se irguió para asombrar a su vez a los reunidos y provocar una inolvidable expresión de amor en el rostro de Billie Holiday, captada por un revelador primer plano. Les quedaba a uno y otra, un año y unos meses de existencia.

Nat Hentoff. The Sound oj Jazz. Diciembre de 1957 

Lester
Young
(1909 -1959)

"Nadie nace odiando

a otra persona por el color de su piel"
(Nelson Mandela)

En 1959, a los cincuenta años, Lester Young moría alcoholizado en una habitación de un hotel de Nueva York. Durante los años cuarenta fue llamado a filas por el ejército norteamericano. Durante el servicio militar sufrió los efectos del racismo quedando mentalmente afectado para el resto de su vida. Pero durante un tiempo fue el rey del saxo tenor, cambió la forma de acercarse a este instrumento y su música y su estilo han servido de influencia a gran cantidad de músicos, negros y blancos. Lester Young sufrió injustamente, pero el sufrimiento no es incompatible con  el arte. Su música y sus improvisaciones están registradas en un buen número de grabaciones y las dejó ahí para nosotros, para todos y son el mejor antídoto contra el racismo.

 

Franz
Schubert
(1797-1828)

Schubert vivió tan sólo treinta y un años, pasó dificultades económicas y no logró en vida que su música orquestal fuese interpretada. Era tímido y melancólico. La sífilis y la depresión lo agotaron hasta la muerte cuando todavía era muy joven. Pero en sólo treinta y un años, le dio tiempo a componer más de seiscientos lieders. También compuso sinfonías, óperas, música de cámara, etc. En el sigo XX, su música fue recuperada y situada en el lugar que le corresponde, junto a la de los grandes compositores de la historia. ¿Qué inmensa obra nos habría dejado si hubiese vivido más tiempo?


 

Wolfgang
Amadeus Mozart
(1756-1791)

"Los genios llevan todas las coronas,

incluso las de espinas"

(Victor Hugo)

Un amigo de Leopold Mozart fue a visitarlos un domingo después del servicio religioso. Al llegar a la casa, encontró a Wolfgang ocupado con una pluma, escribiendo sobre un papel pautado. Leopold le preguntó qué estaba haciendo y Wolfgang le respondió que estaba componiendo un concierto para piano.
 

-Déjame verlo- dijo su padre divertido.

-Todavía no he terminado- le contestó, mientras seguía trabajando.

-No importa, debe ser algo muy bueno- insistió el señor Mozart, y tomando los papeles comenzó a leer, bromeando con su amigo a cerca del pequeño “compositor”.

Pero poco a poco el rostro perdió la sonrisa, mientras Leopold seguía descifrando lo que su hijo había hecho, y página tras página el asombro tomaba el lugar de la broma, hasta que las lágrimas fluyeron de sus ojos, y abrazando a su hijo, mostró a su amigo aquello que le había hecho llorar.

Era un concierto para piano que ningún niño podía haber escrito, y sin embargo había salido de la cabeza y de las manos de Wolfgang, que en aquel momento tenía tan solo cuatro años.